Ciudad de México 18-01-2018
Infonavit Iztacalco y el futuro del espacio público en la CDMX
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Infonavit Iztacalco y el futuro del espacio público en la CDMX

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Para mis padres y la comunidad de nuestra Unidad

 

Hace 20 años mi familia y yo llegamos a la Unidad Infonavit Iztacalco, al oriente de la Ciudad de México, entre las Avenidas Río Churubusco y Francisco del Paso y Troncoso. Después de vivir en zonas superpobladas, lo primero que nos llamó la atención fueron las enormes áreas verdes entre los edificios con nombres tradicionales -Barro negro, Henequén o Tequezquite-, así como la existencia de plazas, centros comunitarios y canchas deportivas de los que las viviendas de interés social generalmente carecen. Al poco tiempo, los vecinos nos contaron del lago artificial en el corazón de la Unidad, con embarcadero y criadero de carpas, cuya agua se habría filtrado con la fractura del suelo durante el temblor de 1985; o del fervor de un sacerdote católico que hizo construir en este complejo habitacional una iglesia con forma de pagoda oriental para honrar el martirio de San Felipe de Jesús. Para mí, la vida comercial, tanto formal como informal de la Unidad, y el sentido del arraigo comunitario expresado tanto en la solidaridad frente a los problemas de los vecinos como en las festividades religiosas, contrastaban con la leyenda negra de la Unidad como un ámbito dominado por la criminalidad. No obstante, debo decir que hoy el panorama ha cambiado y no para bien.

La Unidad se ha vuelto un lugar inseguro, donde los robos a transeúntes son experiencia cotidiana y donde el narcomenudeo es evidente. Hace poco mi madre me contaba de una vecina que, al ser increpada por otra que identificó a su nieto como el agresor de un familiar que regresaba de trabajar por la madrugada, respondió que seguramente desconoció al vecino por su estado de ebriedad, ya que la regla no escrita es que la solidaridad entre los nativos de la Unidad los excluye en principio de los robos. Mis padres han sido víctimas del asalto a mano armada, de autopartes o en los microbuses de rutas cercanas. Incluso recuerdo con horror, pocos días antes de dejar la casa paterna, un incidente en el que unos chicos de no mas de 15 años lanzaron desde un puente peatonal -en un acto de violencia ciega, inútil y arbitraria- cubetas con cemento a un automóvil escogido al azar de entre los que todos los días circulan sobre Troncoso. Y todo esto coexiste con las interacciones solidarias, de cuidado y de procuración mutua entre vecinos; también con las historias comunes que se han tejido desde hace más de 40 años y que hacen que los destinos personales y de la comunidad echen profundas e indiferenciables raíces.

Entonces, ¿cómo explicar la transformación, no sólo de la sensación de seguridad de quienes viven o transitan por Infonavit Iztacalco, sino de una idea de la solidaridad que, ahora, puede incluir conductas criminales y antisociales? Mi intuición es que la impunidad y la inseguridad tienen que ver con el deterioro del sentido de lo público y la privatización de los espacios comunes, no sólo a causa del predominio de los poderes fácticos sino, también, de la precarización del acceso a los derechos, a la justicia y a las oportunidades. Y que este fenómeno no es exclusivo de la Unidad sino que define la dinámica de buena parte de la CDMX.

En este sentido, la Unidad Habitacional Infonavit Iztacalco puede ser observada como un microcosmos que evidencia las dificultades de garantizar la seguridad humana en la Ciudad de México. Este concepto, acuñado desde el Sistema de Naciones Unidas, implica el derecho de todas las personas a vivir una vida libre de amenazas a su integridad y de restricciones a sus libertades, tanto por parte del Estado como de los poderes fácticos; pero también la capacidad de cada individuo a desarrollar su plan de vida con la certeza de que sus elecciones serán respetadas y de que la comunidad constituirá un marco de cooperación. Como puede inferirse, para que haya seguridad humana tiene que existir un espacio físico que favorezca la integración igualitaria de las personas y que permita que la proximidad no se experimente como una amenaza sino, más bien, como la posibilidad de mejorar el entorno a partir de las sinergias ciudadanas.

En principio, el diseño de la Unidad parecía favorecer una idea así de la seguridad. Construida entre 1973 y 1978 para albergar alrededor de 52 mil familias, el modelo de unidad habitacional en Infonavit Iztacalco es uno que pone el acento, efectivamente, en la vivienda de bajo costo pero, también, en la integración de un espacio público a partir de las interacciones entre las familias de clase trabajadora, para quienes debería ser accesible de manera sencilla la vivienda digna, las actividades comerciales, la recreación, el deporte y la participación política (conozco pocos lugares donde las jornadas electorales se vivan como auténticas fiestas comunitarias regidas por la confianza y el buen ánimo). Por eso es que, a diferencia de proyectos habitacionales posteriores, Infonavit Iztacalco se integró por edificios de no mas de seis niveles, con suficiente espacio entre estos para que sus habitantes pudieran transitar a pie o en vehículos, practicar deportes, realizar actividades comerciales o, incluso, asistir a las escuelas de nivel básico, medio y medio superior al interior o colindantes. Así, se pensó como un conjunto donde la calidad de vida ocurriera tanto al interior de los departamentos como fuera de estos, y donde la integridad del espacio público fuera literal -con espacios comunes accesibles para las personas de cualquier edad, condición de salud o discapacidad- pero también simbólica -manifestada en la confianza y la disposición a colaborar de todos sus habitantes.

Entonces, ¿cuál debería ser el futuro de Infonavit Iztacalco y otros espacios similares en la Ciudad de México? Me parece que la respuesta apunta hacia la rehabilitación de los espacios públicos y hacia la confianza en que esto permitiría la renovación del sentido de pertenencia a la comunidad; también, tiene que ver con una reflexión colectiva, de la que no puede estar excluido nadie a causa de la inseguridad o la discriminación, sobre las prioridades ciudadanas y acerca de la rendición de cuentas que se tendría que exigir a las autoridades que, con sus acciones u omisiones, han precarizado la seguridad humana en la Unidad. De manera complementaria, a nosotros y nosotras, quienes vivimos o transitamos por este espacio, nos corresponde realizar un ejercicio de autocrítica para entender que ningún interés particular -se trate de ampliar una vivienda a costa del espacio del vecino, de colocar propaganda política en las paredes ajenas o de tirar la basura en los andadores- resulta sostenible en el largo plazo. En suma, tendríamos que transitar de una visión de lo público como lo que no se cuida porque no es de nadie a otra que lo identifique como lo que nos ocupa a todos porque de todos es posesión. 


Mario A. Hernández

Doctor en Humanidades por la UAM-Iztapalapa, profesor de filosofía en la Universidad Autónoma de Tlaxcala y cinéfilo cuya idea de felicidad es la vida -y las discusiones sobre ésta- a 24 cuadros por segundo. Twitter: @fumador1717

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Etiquetas: Espacio público Inseguridad Unidad habitacional CDMX Iztacalco