Ciudad de México 20-10-2017
Tlaxcala, Ciudad de México y Lisboa: escenas de un terremoto
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Tlaxcala, Ciudad de México y Lisboa: escenas de un terremoto

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Desde hace tres años soy profesor de filosofía en la Universidad Autónoma de Tlaxcala, lo que me implica tomar tres veces por semana carretera para llegar al trabajo. De hecho, el 19 de septiembre pasado me encontraba allá, en el centro de la capital de esta entidad, cuando ocurrió el terremoto de 7.1 grados que reafirmó los miedos infantiles de quienes también experimentamos el de 1985. Un par de horas antes había sonado la alerta sísmica que nadie pareció tomar muy en serio en la Universidad. Mientras una colega y yo nos dirigimos al punto seguro de reunión, el resto de profesores y estudiantes nos observaban divertidos frente a nuestra excentricidad. "En Tlaxcala nunca tiembla", me decían unos; "tenemos mucho trabajo, no podemos jugar al sismo", se disculpaban otros. Por eso, cuando a las 13.15 hrs. de ese día escuchamos que un niño pasó corriendo por la calle anunciando el temblor, mi primera reacción fue el enojo: "con esas cosas no se juegan, porque nos remueven la memoria de los muertos", dije. No sé si la intensidad del terremoto fue mayor que en CDMX. Lo que si puedo decir es que la experiencia fue terrorífica por la visión de autos compactos saltando sobre el pavimento y despegándose unos milímetros del piso, por el estruendo de la caída de la torre de la Iglesia de San José y, además, por la histeria colectiva de quienes no podían creer que estuvieran viviendo lo que hace 32 años había experimentado la Ciudad de México.

El regreso a casa fue caótico. No había buena recepción en el teléfono móvil, las informaciones en redes sociales eran confusas, particularmente respecto de las zonas afectadas -como la entrañable Colonia Narvarte donde vivo- y los videos anunciando una destrucción masiva en CDMX llegaban de manera intermitente por whatsapp. Al llegar, ya sabiendo que la familia y la casa estaban bien, tuve que caminar un buen tramo y vi escenas que inmediatamente se conectaron con el niño de 7 años que era en 1985: gente caminando con la mirada ausente, en estado de shock y pánico; personas abrazadas a sus perros en la calle, temerosas de volver a edificios con daño aparente y estructural; ambulancias y patrullas invadiendo los carriles por los que cotidianamente transitan autos y bicicletas; tiendas vacías de víveres y atestadas por las compras de pánico; mujeres y niños con mochilas a la espalda que seguramente doblaban su peso, donde alcanzaron a guardar todo lo que se puede tomar con las manos en un momento así de terror; escombros que no se podía distinguir si provenían de la casa de alguien o fueron el piso en que alguien sembró las raíces familiares.

Los días siguientes fueron -siguen siendo- un entramado de miedo, incertidumbre y enojo: porque el ruido de la alerta sísmica vuelva a sonar en cualquier momento y nos encuentre dormidos o en la regadera, por la sospecha de que los muertos son producto de la corrupción que autoriza construcciones endebles y por la inercial desconfianza hacia un gobierno que construye y reconstruye solo para los privilegiados de siempre. Cuando por fin puse la cabeza en la almohada, recuerdo que, en las pocas horas que dormí, soñé con un paisaje devastado que se parecía mucho a los de Mazinger Z -mi favorito de niño- y que entre los escombros y parcialmente quemado me encontraba un volumen del filósofo francés del siglo XVIII Voltaire. Supongo que lo primero tiene que ver con sentir de nuevo ese pánico infantil de 1985, pero ahora con la certeza de que mis padres ya no son una barrera infranqueable entre mi y el caos; y lo segundo con que, pocos días antes y a propósito del temblor del 7 de septiembre, les decía a mis colegas de la Facultad que el talento del filósofo consiste en encontrar una oportunidad de reflexión en donde otros prefieren el silencio.

Precisamente, fue Voltaire quien, a propósito del terremoto que destruyó Lisboa en 1755, escribió el célebre poema en el que honra a los niños aplastados por las lozas, que ni siquiera habían tenido tiempo de vida para pecar y, por tanto, volvían un sinsentido la explicación en el sentido de que Dios castigó la inmoralidad de la ciudad. Desde la devastación, Voltaire escribe: "Créanme, cuando la tierra entreabre sus abismos,/ mi llanto es inocente y legítimos mi gritos./ Rodeados por todos lados de las crueldades de la suerte,/ del furor de los malos, de las trampas de la muerte,/ padeciendo los golpes de todos los elementos,/ compañeros de nuestros males, permítannos los llantos". Voltaire no podía aceptar que vivamos en el mejor de los mundos posibles y que el sufrimiento se materialice en nuestros cuerpos solo para hacernos mejores personas. Esto se conecta con el tema filosófico fundamental que es la explicación del mal. ¿Por qué sufrimos sin que eso nos redima o nos haga mejores personas? ¿Son las injusticias tan inevitables como los temblores? Voltaire afirmaba que tenemos que distinguir entre el mal cuya responsabilidad es imputable a los seres humanos y aquel que no tiene autores identificables -como los terremotos. En relación con el segundo, lo único que podemos hacer es honrar la memoria de los muertos y pensar que todas nuestras obras -ideas, instituciones, edificios- llevan el sello de la fragilidad; y, a propósito del mal causado por el ser humano, tenemos que pensarlo siempre vinculado con la responsabilidad y la creación de condiciones que lo eviten y permitan la justicia. Y, sobre todo, no hay que confundirnos: la impunidad y el ejercicio opaco del poder público no son desastres naturales, ni podemos pensar que estamos irremediablemente condenados a padecerlos porque llevamos en la sangre -como a veces se nos quiere hacer creer- la impronta de la corrupción.

Releyendo estos días a Voltaire, me doy cuenta que hay algo en común en los tres escenarios -el de Tlaxcala donde a mi me sorprendió el 19 de septiembre, el de la Ciudad de México que me horroriza y me fascina a partes iguales y el de la dolida Lisboa que despertó la piedad del filósofo francés- y que esto es la certeza de que haber eludido la muerte y la destrucción es solo producto del azar y la contingencia. Los muertos, los sin hogar, los deudos de alguien, podríamos haber sido cualesquiera de nosotros. Y por eso mismo tenemos que reconstruir la ciudad y a nosotros mismos en un sentido político, es decir, desde el punto de vista del bien común y no del interés faccioso; desde una mirada crítica y contestaría al poder que se ha corrompido y que ha promovido la impunidad, sin que eso signifique alinearse con un partido político. Como escribió hace poco el arquitecto Alejandro Hernández, del colectivo Arquine, quizá la única defensa que tengamos contra el próximo terremoto que vendrá sea la del bueno gobierno, vigilante de una política de construcción y concentración poblacional responsable, a partir de una discusión pública del riesgo geológico en el país y de la previsión de los daños que generaría -en vidas humanas y en recursos materiales- no hacerlo. Un gobierno -en suma- que no quiera hacer pasar como males inevitables aquellos que son responsabilidad humana.


Twitter: @fumador1717


Mario A. Hernández

Doctor en Humanidades por la UAM-Iztapalapa, profesor de filosofía en la Universidad Autónoma de Tlaxcala y cinéfilo cuya idea de felicidad es la vida -y las discusiones sobre ésta- a 24 cuadros por segundo.

El Andén

Etiquetas: Sismo CDMX 19S Tlaxcala